La primera vez que el campeón aragonés Víctor Lobo se calzó unos esquís tenía 21 años. Su familia había esquiado siempre y sus dos hermanos competían desde niños. Él, de cuando en cuando, subía a la montaña a verles, pero hasta que no llegó a la Universidad, no le picó el gusanillo de practicar este deporte. “Antes de hacer esquí y participar en carreras, estuve unos años que escalaba mucho, iba a la montaña prácticamente todas las semanas, y eso lo he seguido haciendo. El Pirineo me gusta más cuando no voy a competir, sino a perderme en la montaña porque cada época tiene su parte atractiva”, afirma este deportista zaragozano que reside en Huesca desde hace ocho años.

Tras licenciarse en Ingeniería Técnica Forestal en Lérida y probar suerte como autónomo en el mundo de la electricidad, este joven deportista que llevaba yendo a la montaña desde crío, decide volver a Huesca y explotar su afición por el Pirineo, las cumbres y los deportes de invierno. “Empecé a esquiar en la estación de Somport, al otro lado de Candanchú, ya en la parte francesa, e íbamos también bastante a los Llanos del Hospital de Benasque”, recuerda. Elegir una cumbre o una zona pirenaica es difícil para quien ha veraneado desde niño en aquellos parajes de alta montaña, pero si tuviera que hacerlo, confiesa que se quedaría con la zona oeste del Pirineo, la más tranquila y salvaje, según cuenta, entre el valle de Ansó y el valle de Hecho.

Un día, ante la imposibilidad de esquiar en nieve fuera de temporada, este joven aragonés decide crear un roller ski para poder entrenar en seco, de cara a la Copa del mundo de biatlón. “Cuando no te dedicas al deporte y tienes tu trabajo y tu vida en un sitio sin nieve como es Huesca, te acostumbras a entrenar con este material. Probé muchas marcas y se me iban rompiendo con el uso, así que al final decidí fabricarme unos”, cuenta. Así, a lo largo de 2013, empezó a entrenar con ellos, sin idea de venderlos, pero aquel material improvisado para sí mismo despertó el interés de otros conocidos hasta que un socio cercano se lanzó con él a la aventura de montar una empresa para fabricarlos y exportarlos más allá de las fronteras aragonesas. “La principal ventaja de estos es que son muy flexibles. Los doblas y te devuelven la energía en una especie de ‘efecto ballesta’”, describe Lobo.

El dar con el primer par de roller skis fue costoso, pero al volver de las Olimpiadas de 2014, en Sochi, montaron la empresa y le dieron un giro al método de fabricación artesanal que habían seguido hasta ahora para hacerlo más rápido y poder atender esa demanda que había ya de su producto. “Los hacemos en nuestra nave de Huesca con fibra de carbono. Hemos desarrollado un proceso que nos permite calentar la resina y acelerar la producción. No hay que esperar un día a que se cure; sino que en 15 minutos ahora está ya listo”, añade.

Cuando creó sus propios roller skis, Víctor estaba entrenando para intentar acceder a la Copa del Mundo de Biatlón. Las Olimpiadas cayeron en el medio de esa etapa, pero asegura que nunca han sido un hito personal para él. “No he tenido nunca el sueño olímpico que se suele decir… Yo lo que intentaba era competir con los mejores. Tenía esa inquietud de quien empieza un deporte, le gusta, y sigue entrenando para ir mejorando. Inevitablemente te fijas en el nivel que alcanza otra gente, pero me daba igual que fueran las Olimpiadas que la Copa del Mundo”, señala.

Para él, lo más impresionante de acceder a estas carreras es descubrir un mundo nuevo que no está el alance de todos. “Detrás de todas las competiciones hay gente que está dedicada íntegramente a ello y equipos que invierten mucho dinero para ser los mejores. A veces lo pienso y creo que no me gustaría dedicarme solo al deporte, quizás porque siempre he tenido que combinarlo con algo”, relata.

Cuando competía en triatlón, asegura que esta modalidad deportiva vivía una buena época aquí en España, que había duatlones de montaña y que a base de premios y pódiums iba ganando algo de dinero. “A pesar de todo –subraya- no me gustaba mucho la idea de entrenar y correr carreras solamente. Siempre tuve la inquietud de estudiar algo y trabajar de ello porque aquí en España vivir del biatlón ni te lo planteas, no hay carreras ni hay dinero para ello”, matiza este deportista.

Su empresa Quionne es ahora su otra válvula de escape, la que le permite también en sus ratos libres seguir subiendo cimas, hacer barrancos y esquiar en seco cuando todavía no ha llegado el invierno al Pirineo. “Intento hacer una hora al día de entrenamiento, casi siempre con roller. En Huesca, muchas veces vengo a trabajar con ellos y cuando vuelvo a casa sumo más kilómetros, me voy a subir puertos, como el Salto del Roldán o el Pico del Águila. La verdad es que en Huesca hay bastantes posibilidades para entrenar, casi puedes salir con los roller skis de casa puestos”, confiesa entusiasmado.

Zaragoza, su ciudad natal, es más complicada a la hora de practicar este deporte, pero asegura que también van surgiendo zonas donde cada vez se ven más entrenamientos. “Si en Zaragoza nevase igual que nieva en Oslo, entonces esquiaríamos en el Parque Grande. Eso es lo que más choca cuando sales fuera, que aquí en España es casi un deporte de montañeros, pero en otros países es más urbanita”, compara.

En cualquier caso, Lobo no cambia sus cimas ni sus parajes de montaña por nada. El Aspe, el Midi d’Osssau o el Collarada… “Lo que más me atrae de esta zona es que te vas a la montaña y estás en un entorno privilegiado, en un circuito de esquí de fondo que tiene al lado un pico precioso. Yo intento dejarme alguno sin subir porque si te los haces todos muy rápido, luego no tienes nada por descubrir”, dice entre risas.

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