Pintores Agustí

Paco Agustí y su hijo Jorge llevan toda una vida pintando cuadros inspirados en el territorio; en la Huesca natal del pequeño de este tándem, y en esas carrascas que con mimo y mucho arte les han hecho un hueco dentro y fuera de Aragón.

 

 

A los 35 años, el pintor oscense Jorge Agustí Serrano cambió el tacto frío de un teclado por la calidez de una acuarela hecha a mano; la luminosidad de las pantallas por la rugosidad de un lienzo cargado de matices; su experiencia como diseñador gráfico por el oficio y la pasión que su padre le había enseñado de niño.

 

“Mi padre empezó a pintar por ‘hobbie’, animado por su suegro, se juntaba con gente de allí de Huesca –como Chema Durán, Pilar Bernard y otros de su generación–. Mi madre, que tenía una tienda de ‘souvenirs’, empezó a meter sus cuadros, y se vendían tan bien que pasamos de los regalos para centrarnos en el arte”, cuenta Jorge Agustí, el único hijo de este matrimonio.

 

Jorge no recuerda el momento exacto en el que empezó a pintar, pero sí que su instrumental lo acompañaba siempre allá donde iba. “Me entretenía solo y cuando íbamos a cenar a casa de amigos de mis padres, me llevaba mis lápices y rotuladores, y me ponía a pintar. Ha sido algo un poco innato en mí”, cuenta sonriente al recordar los “típicos castillitos de Batman y vikingos” que hacía ya con cuatro y seis años.

 

Hoy los paisajes y las carrascas ocupan gran parte de su tiempo. Paco los pinta al óleo; y Jorge apuesta por la acuarela. El padre encuentra la inspiración en los contrastes que le provoca desde siempre Aragón. “Allí, en Olot, es todo verde y exuberante; resulta casi claustrofóbico porque en pocas zonas puedes ver mucho cielo”, explica. Por eso, cuando vino a Aragón hace más de 50 años, se quedó prendado de ese horizonte tan limpio y tan amplio; tan presto para ser dibujado. “A mi padre el contraste siempre le ha motivado mucho, ver ese mar al revés que es cielo, y lo infinito del paisaje de aquí de Huesca y de Zaragoza”, describe Jorge.

 

Con las vistas del Castillo de Loarre, las del Montearagón y la sierra de Guara, los paisajes y las carrascas, se han hecho un hueco en el mercado que “tampoco toca nadie más a la manera nuestra”, confiesan. Precisamente esta temática es la que más se vende hoy en día, pero en sus ratos libres, cuando los encargos quedan hechos y entregados, el arte abstracto toma el estudio de Paco, que aun sintiéndose un “privilegiado” por vivir del arte, disfruta más con otros trazos. “Aunque yo sea más ‘punky’ ideológicamente, a la hora de pintar soy más conservador. Me muevo mejor en lo figurativo y en lo realista; en cambio mi padre es un apasionado del arte moderno. Le encanta hacer ‘collages’ y unas lámparas preciosas que luego no se las mira nadie con madera y elementos orgánicos. Tiene una válvula de escape con esos temas”, relata el pequeño rockero de este tándem.

 

Jorge, por su parte, asegura disfrutar plenamente de este trabajo, sin tener unas preferencias consolidadas. “Te abstraes tanto pintando, disfrutas tanto… que al final te da igual pintar una casa que un triángulo con una estrella arriba. Hay veces que intentas hacer algo tuyo, por libre, y al final no consigues lo que quieres; y otras, como me ha pasado ahora con un retrato, te sorprenden resultados que no te esperas”, añade. Este sentimiento que a menudo experimenta el pintor podría ser común a mucha gente externa al gremio. Jorge lo compara con ir a visitar una ciudad por la que uno siempre había mostrado reticencia, y al deambular por sus calles se da cuenta de que todo en ella merece la pena. “Mi padre ha pintado cientos y cientos de ‘Montearagones’, miles de carrascas… Pero él siempre (no sé si por amor de padre) me decía que yo era realmente el que sabía pintar. Lo que he tenido es más facilidades, pero nunca me lo he acabado de creer”, dice con humildad. Ahora lleva ya diez años trabajando y viviendo del arte, a caballo entre Huesca y Zaragoza. En la capital oscense tiene la galería Agustí, que regenta junto a su padre en la calle Villahermosa. En la Magdalena, un pequeño estudio en el que sigue pintando carrascas y retratos.

 

En ocasiones, recurren a una técnica artesanal que recuerda a la que usaban los frailes de la Edad Media para pintar los frescos. Para ello, emplean diferentes pigmentos, yema de huevo, agua y secadores de pelo que aceleren el proceso de secado del lienzo. “El pigmento del color va en polvo machacado. En un tarrito, ponemos un poco de alcohol para disolverlo bien; y en otro plato, agua y un poquito de yema de huevo, que es lo que hace que cuando la pintura se seca, se adhiera sobre el material en el que trabajas. Nosotros solemos hacerlo en la tela del lienzo y le damos una impregnación de gesso (un tipo de yeso para pintura)”, describe Jorge.

 

Esta técnica artesanal que ha pasado de padre a hijo les permite obtener unas texturas diferentes a la hora de pintar. “Queda como si fueran desconchones y la ventaja que tiene es que si no te gusta cómo ha quedado, lo metes debajo del chorro de agua del grifo, le das con un estropajo y se va. Cuanto más haces esto, más rico queda en matices y en colores. Hay zonas como el Montearagón, con el cielo más amarillo, en las que consigues crear toda una gama de cobrizos y naranjas impresionante. Se consigue por medio de una serie de veladuras y lo pintamos casi siempre en horizontal sobre una mesa”, confiesa.

 

En la actualidad, está técnica representa solo un 10% del trabajo que realizan en las dos capitales de provincia aragonesas. Paco suele emplearla, además, para dar salida a su imaginación con obras de arte abstracto. Jorge, por su parte, apuesta por utilizarla a la hora de pintar edificios, por todo lo que permite a nivel de texturas y matices en las fachadas que dibuja. “Es una técnica muy chula, pero salida económicamente no tiene mucha. Para nosotros es atractiva. Mi padre llevaba un montón de cuadros de carrascas al óleo cuando decidió hacer algo con temple. Aunque solo sea para nosotros o para un público más minoritario, nos gusta trabajarla. El resultado es muy fortuito, más ‘casual’. Hay veces que cuando estás pintando con esta técnica suceden matices o degradaciones que no te esperabas… El óleo y la acuarela, en cuanto dominas la técnica, se trata de plasmar aquello que piensas de forma más cerrada, más concreta. El temple es un ‘vamos a ver qué sale’”, confiesa.

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